Siempre
me ha parecido en general miramos las fotografías demasiado deprisa, prácticamente
sin detenernos en ellas. Tomamos una fotografía, le echamos una hojeada y
pasamos en seguida a la siguiente. Una fugaz impresión visual sin concedernos
el tiempo necesario para captar con una cierto detalle el contenido de la
imagen, valorar su estética o intuir la intención del fotógrafo.
Y
eso nos ocurre a todos los niveles. Tanto si vemos unas simples fotos de
vacaciones como si se trata de un album familiar o bien de las imágenes fotográficas
de periódicos y revistas. Incluso cuando visitamos una exposición pasamos por
delante de las fotografías como si nos persiguiera el demonio.
Esta recriminación que a menudo me hago yo mismo como espectador resulta más grave desde la perspectiva del fotógrafo. Éste normalmente ha meditado su foto y a través de ella ha querido transmitir alguna idea, sentimiento o emoción y lógicamente espera una contemplación más atenta por parte del espectador que le permita establecer con él una cierta comunicación, un mínimo diálogo.
Esta
idea que acabo de expresar me ha hecho a menudo detenerme en la contemplación
de una fotografía. Dedicarle un momento de calma, examinar sus diferentes
componentes, y situarla en su contexto temporal o cultural. Dejar así que
trabaje la memoria y me sugiera ideas, recuerdos u otras imágenes relacionadas
con su temática y estética. En definitiva, dejar transcurrir el tiempo
necesario para que pueda manifestarse el poder de evocación de las fotografías.
Y
este es un ejercicio gratificante que quiero compartir con vosotros en esta
sección. He escogido para ello fotografías de grandes autores y me he dejado
transportar a sus mundos. Al hacerlo he disfrutado de todo el potencial de las
imágenes y he podido así valorar su riqueza y la maestría de los fotógrafos.
Si el ejercicio os agrada, ya lo sabéis; está a vuestro alcance, nada más
sencillos, solo requiere dedicarle unos minutos.