Manos arriba!
"Broadway and 103 rd Street. Nova York" (1955) William Klein
Esta
imagen pertenece a un trabajo que marcó un hito muy importante en la historia
de la fotografía de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de la serie
publicada con el título de “New-York” en 1956. WILLIAM KLEIN, que vivía y
trabajaba en París, volvió a la ciudad en donde había nacido y con este
reportaje sobre la vida en sus calles trastocó la forma de fotografiar de la época.
Utilizaba una película más sensible y por tanto con más gra-no. Introdujo sin
ningún remordimiento las distorsiones de las imágenes y el desenfoque. Sus
composiciones complejas y aparentemente desordenadas se apartaban de los cánones
vigentes. Era una fotografía incómoda, nada amble, que quería reflejar
probablemente las sensaciones que la ciudad y la vida americana le producían.
Una fotografía colmada de una rabia que encontraba una nueva manera y muy
directa para expresarla. El propio autor dijo con fina ironía respecto a su técnica,
que era un “rápido tratado de todo aquello que no debía hacerse en fotografía”.
Es muy curioso que un artista formado en Francia, donde había en su época tan
buenos fotógrafos, estuviera tan lejos del perfeccionismo que caracterizaba el
estilo de la fotografía francesa.
La nueva estética de Klein influyó
decisivamente en los cánones de la fotografía contemporánea. Cuando hoy en día
veo fotografías de autores tan cercanos como Kim Manresa o Txema
Salvans, el espíritu de Klein se me hace presente. Y curiosamente, después del
terremoto, Klein desaparece prácticamente del mundo de la fotografía para
dedicarse al cine. Podríamos decir que es como tirar la piedra y esconder la
mano. Sin embargo, la lanzó muy lejos.
Ni
que decir tiene que esta imagen es de un impacto visual directo; como un puñetazo
fotográfico. Un muchacho, o mejor un niño, circula por las calles de la
ciudad. Y naturalmente, juega con un revólver como corresponde en una sociedad
que tiene una referencia especial con las armas de fuego. Se encara al fotógrafo,
le apunta con el arma, y
le amenaza gritando: ¡Manos arriba o eres hombre muerto! El fotógrafo no se
asusta, enmarca el tema y dispara, él también si dudarlo, como si se tratase
de un duelo en un “western”. Sin tiempo para apuntar, sin tiempo para
enfocar. Probablemente disponía de un gran angular lo que le daba suficiente
profundidad de campo. No la suficiente, sin embargo, como para evitar que el puño
y el revólver quedasen totalmente desenfocados. Pero éste era precisamente el
“quid” de la cuestión. Conseguir una imagen perfectamente reconocible pero
que por su resolución resultase más agresiva, más inquietante. La cara del niño
con una expresión rabiosa, incluso violenta en el juego, refleja su
personalidad. Su compañero, tal vez un hermano menor,
mira con admiración a su
colega tan mayor que ya es capaz de luchar con una arma en la mano. Toda una
pedagogía de la violencia aprendida desde la infancia.