Ilusión

"Formentera" (1969) Toni Catany
Las
imágenes
de
Toni Catany
son por encima de todo, diferentes, singulares. Es muy difícil sintetizar en
pocas líneas una obra tan diversa como la suya, pero si tuviera que escoger una
sola palabra para definirla, sería sin duda, experimentación. Catany ha
experimentado a fondo las técnicas y los materiales fotográficos para crear imágenes
con una personalidad muy distinta de las que estamos acostumbrados a ver. Son
conocidos sus trabajos con la técnica Polaroid de gran formato, combinada con
el positivado en papeles acuarela, con lo que consigue unos colores y texturas
muy singulares. Tal vez se podría hablar de una cierta adscripción a la
corriente pictoralista, pero con una actualización técnica y estética que
supone una total renovación. Cuando contemplo alguna de sus naturalezas
muertas, compuestas de frutas, flores y otros materiales, tengo a veces la
impresión de estar delante de un cuadro de Antonio López. Tal vez sea debido a
la práctica de la pintura en su juventud. El desnudo ha sido otro de sus temas
favoritos y la recreación del mundo clásico a través de la escultura -
posiblemente el paradigma del arte clásico -
es otra de sus más destacados trabajos.
Sin
embargo, he escogido una imagen de Catany muy distinta de todo lo que acabo de
comentar. Pertenece a su primera época y se realizó en una isla mediterránea
que tanto ha inspirado su obra. Se trata de un tema y una técnica muy alejadas
de su obra posterior. Tiene, eso sí, la sensibilidad de un maestro y resulta
para mí de una gran emotividad.
A finales de los sesenta, Formentera era todavía una especie de paraíso terrenal, alejada de los circuitos más turísticos del resto de la costa mediterránea y en particular de las Baleares. Los campesinos todavía podían convivir con unos pocos turistas veraniegos y grupos de hippies que vivian todo el año en la isla. No sé como debían ser estas relaciones pero la fotografía nos sugiere que aún había lugar para la sorpresa, para la emoción.
El
retrato de este payés que ronda los ochenta así lo prueba. Con un sombrero
de paja que le protege del sol veraniego, nuestro hombre está sentado en
una terraza al lado de la playa. Es la hora del baño para los turistas y
posiblemente la del vermut para él. Se trata de un viejo aseado, bien afeitado,
de bigote cuidado que pasa el tiempo mirando arrobado al gentío que llega y va hacia
la playa hasta que llegue la hora de la comida. De repente pasa muy cerca, casi
rozándole, una hermosa muchacha en bikini.
Levanta
la cabeza y la mira sin ningún disimulo, con descaro. Le brillan los ojos con
descarada intensidad. Nuestra mirada se concentra en estos pequeños ojos, vivos
y a su través también estamos mirando el cuerpo de la atractiva joven. La boca
se entreabre también en señal de evidente admiración. El conjunto de su
expresión refleja una sensación de simpatía hacia ella, tal vez de evocación
hacia otra mujer.
La técnica de la foto es magnífica
y nos ayuda a dibujar perfectamente la situación. Por lo que parece, es posible
que la foto se haya efectuado con un teleobjetivo, lo que permite en una situación
de considerable luminosidad, conseguir este desenfoque selectivo. Veamos. El
fragmento de la espalda de la chica está fuera del foco y con la cinta del
bikini se define perfectamente el objeto, dándonos solamente una visión poco
precisa. Por otro lado el fondo de la fotografía, claramente desenfocado, no
nos distrae en absoluto de la cara del protagonista. El primer plano que ocupa
casi la mitad de la imagen, toma toda su potencia y ello nos permite apreciar la
gran riqueza de matices de su expresión. Y nos preguntamos. ¿Encontraríamos
hoy algún campesino o pescador de la costa que se sentara un mediodía y mirase
con esta ilusión a una turista? Creo que esta situación, así como la paz y
tranquilidad de Formentera, son cosas pasadas, propias de un paraíso perdido.