Instant


"Detrás de la estacion Saint-Lazare", Paris ( 1932) Henri Cartier-Bresson

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Cartier-Bresson es seguramente uno de los más grandes fotógrafos de la historia y sus trabajos se han exhibido por todo el mundo en múltiples exposiciones. Su concepción de la fotografía ha infludo decisivamente en muchos fotógrafos de la segunda mitad del siglo XX, desde que en 1952 apareció su libro “Images a la sauvette” (Imágenes rápidas). Es muy conocida su teoria de que la intuición del fotógrafo le permite captar el momento decisivo, aquel que sintetiza la esencia de la situación que se está produciendo. Es por esto, que en general la obra de Bresson no está construida sobre trabajo en serie o reportajes, sino más bien en instantáneas mágicas que individualmente, por sí mismas, destilan la percepción y el sentimiento del autor.

 

La imagen escogida es una de las que en mi opinión ilustran mejor esta visión. Esta fotografía callejera se realizó en 1932; debe precisarse la fecha por varias razones. Primero porqué entonces las cámaras fotográficas eran mucho más limitadas que las actuales; por ello, captar las condiciones, muy difíciles, de luz y movimiento de la escena con la nitidez y perfección conseguidas, ya supone de entrada un reto muy grande. Por otra parte, si esta imagen, que ya forma parte de la iconografía fotogràfica contemporánea, se presentase hoy en día en el contexto de un festival de fotografía digital, probablemente alguien diría: ¡Qué maravillas pueden  hacerse con el Photoshop! Tan precisa es la composición de los elementos, el equilibrio de las figuras, las sombras y los contrastes. Curiosa paradoja para la fotografía de alguien que rechazaba radicalmente no sólo el retoque de las imágenes sino incluso la modificación del encuadramiento que se obtiene al disparar. Su respeto por este momento decisivo le había obligado a presentar sus fotografías posi-tivándolas juntamente con el marco dentado del negativo para demostrar que nada había sido manipulado.

 

 Pero volvamos a la fotografía. Probablemente Bresson paseaba una mañana de otoño por las calles de París, con la cámara colgada al cuello a la caza de una imagen singular. Y ciertamente la encontró. Había llovido intensamente la noche anterior y los solitarios callejones detrás de la estación estaban inundados por el agua, creando una superficie lisa casi con la misma luminosidad que la del cielo nublado parisino. Tan sólo dos o tres dedos de agua han creado este milagro acuático que reflejará con toda nitidez la figura del paseante. Éste quiere ir al otro lado de la plaza y comienza la travesía caminando por encima de una escalera echada en el suelo. Al final de la escalera decide dar unos saltos para no mojarse los zapatos. Y de repente se produce el milagro pues su pie derecho no llega a tocar el agua: la figura queda suspendida en el aire como si se preparase a arrancar un ligero vuelo que ha de llevarle a la otra orilla. ¿Cómo ha podido ocurrir tal cosa? Es realmente un milagro o tal vez el bailarín del cartel que aparece en segundo plano, a la izquierda de la fotografía, ha inspirado al paseante. Le ha dado por un momento aquel impulso mágico que nos hace ver a los bailarines y bailarinas volar literalmente sobre los escenarios en las representaciones de ballet. La verdad es que nuestro hombre parece tener el mismo estilo. Y es posible que antes de iniciar la travesía el protagonista, al ver el reflejo del paso de danza, le haya pedido consejo...

 

Al fondo, otra figura contempla maravillada la escena a través de la reja y por no ser menos, el espejo devuelve también su imagen reflejada en el charco. Al fondo, los tejados de la estación de Sant-Lazaire, aparecen lejanos entre el humo de las locomotoras que entran y salen. Tenían razón los que decían en aquellos años que la fotografía era cosa de magia.